LA MESITA DE LA ABUELA
Justo cuando iba a cumplir ochenta años, una señora se quedó viuda. Después del entierro, sus hijos se reunieron: ¿Qué iban a hacer ahora? ¿Con quién se iría a vivir la anciana?
Cada hijo tenía su propia familia. Además vivían en lugares distintos, y, en el fondo, no querían llevar a su madre con ellos.
¡Qué fastidioso tener una anciana en la casa! Así que discutían, pero ninguno se animaba a llevar a la anciana consigo.
– ¡yo quiero que la abuelita viva con nosotros! Dijo de pronto la pequeña Estrellita. Era la hijita del menor de los hijos y quería mucho a la anciana. Corriendo, Estrellita se acercó a la pobre señora y la abrazó.
“¡Rayos!”, pensó el hijo, muy molesto (pero mantenía la sonrisa para que no pensaran mal de él). La señora, sin dientes sonreía, todos dijeron “¡ya!, que mamá se vaya a vivir con él”.
Desde la muerte de su esposo, el ánimo de la señora había decaído mucho y su salud no era buena. No veía bien, no escuchaba bien y las manos le temblaban.
Para colmo, cuando comía, derramaba los alimentos. A ella le daba vergüenza, pero no podía evitarlo.
- ¿Qué, cómo, cuándo?, decía la señora cada vez que su hijo le Entonces éste se molestaba y se iba.
¡Que vieja tan inútil! Ni él ni su esposa le tenían paciencia, a veces hasta la gritaban.
Harto de esta situación, el hijo compró una mesita. La colocó en un rincón oscuro del comedor, junto con las escobas y los trapos, y le dijo a la anciana que, a parir de ese momento, iba a comer allí.
- Mamá, no me gusta ver cómo botas la comida fuera del En adelante comerás en esta otra mesa – le dijo señalando la mesita nueva- y así estarás lejos de mi vista. La anciana, empezó a almorzar en la mesita, lejos de su familia y sin que nadie se percate de sus lágrimas.
Un día, llegando la hora de la cena, Estrellita no acudía, a pesar de que la habían llamado varias veces.
- ¡Ahorita voy mamita!, -contestaba cada vez que la llamaban a cenar- pero no se aparecía.
Con la paciencia colmada, papá y mamá fueron muy enojados donde estaba Estrellita (quien muy concentrada construía algo con sus bloques de madera de juguete).
- “¿No escuchas que te estamos llamando a cenar?, muchacha ¡Merecerías un castigo! Cuando le preguntaron qué estaba haciendo, la chiquita contestó:
- “Perdónenme papitos, estaba construyendo una linda mesita para que tú y mamá tengan donde comer cuando sean
¿y qué crees? El hijo se dio cuenta de que estaba en falta. La abuela volvió a tener su lugar en la mesa y fue tratada por todos con el respeto que se merecía
Fuente: El libro de los valores, Diario El Comercio